Las dos caras del miedo: el fin de la era Warren y el resurgimiento del terror bizarro

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El cine de terror actual nos propone un menú de lo más variado, demostrando que las formas de consumir el miedo están en constante cambio. Por un lado, las grandes superproducciones de Hollywood intentan darle un cierre digno a sus franquicias más rentables apostando por el suspenso tradicional. Por el otro, la movida independiente le encuentra una vuelta de tuerca al género, utilizando producciones de bajo presupuesto como una excusa perfecta para la catarsis colectiva y el humor.

El adiós a los demonólogos y los sustos a medias

Con el estreno de “El conjuro 4: últimos ritos” (2025), la famosa saga cinematográfica de los Warren le pone el moño a su historia. Esta cuarta y última entrega de la tetralogía principal vuelve a poner en el centro de la escena a los investigadores paranormales Ed y Lorraine Warren. Si bien la película logra mantener ese clima particular que convirtió a la franquicia en un verdadero fenómeno del siglo XXI, la realidad es que no llega a pisar los talones de la sofisticación visual que tenían las dos primeras partes.

Gran parte de este bajón de calidad se explica por el cambio de silla en la dirección. Cuando James Wan se puso al hombro la primera película de “El conjuro”, venía de romperla con “El juego del miedo” y “La noche del demonio”. Su visión, inspirada en los expedientes reales del matrimonio Warren, revivió una estética de los años 70 que recordaba a clásicos de la talla de “El exorcista” o “La profecía”. Wan sabía perfectamente cómo mezclar el drama familiar con el terror sobrenatural, logrando que los típicos golpes de efecto funcionaran porque el espectador realmente empatizaba con los personajes.

Ahora, bajo la batuta de Michael Chaves, quien ya había dirigido la tercera entrega y un par de spin-offs bastante olvidables, la balanza se desequilibra. La historia nos mete de lleno en el último caso de los Warren, quienes intentan darle una mano a la familia Smurl. El hogar de esta gente está siendo acosado por una entidad oscura que usa un espejo antiguo como portal. Para esta misión, Ed y Lorraine (interpretados por los siempre impecables Patrick Wilson y Vera Farmiga) suman a su hija Judy, ya adulta y con una fuerte sensibilidad para lo paranormal.

Aunque Chaves logra armar un par de secuencias de terror bastante potentes y creativas, estas quedan flotando en el medio de un drama familiar doble que se estira demasiado. La película intenta que nos involucremos con los dramas íntimos de los personajes, pero la trama se dispersa tanto que termina jugándole en contra. Lo que antes era un manejo magistral de los clichés del género, desde los sótanos lúgubres hasta las muñecas malditas, hoy se siente como una receta repetida que ya no genera el mismo impacto.

Títeres, vampiros y risas en comunidad

Curiosamente, mientras las grandes franquicias de Hollywood sufren por la acumulación de lugares comunes, en otros rincones esos mismos clichés se celebran a carcajadas. Muy lejos de los cines comerciales, en el espacio sin fines de lucro VisArt de la ciudad de Charlotte, el terror campy y bizarro encontró su refugio ideal.

Una vez por mes, el lugar organiza la “Ghouls Night Out” (La noche de los necrófagos), un evento que arrancó hace dos años de la mano de la fabricante de marionetas Grayson Nauta. La propuesta es simple pero genial: proyectar películas de terror clase B mientras un grupo de títeres atrevidos lanza comentarios sarcásticos desde la primera fila.

Sin ir más lejos, en su última juntada proyectaron un incunable del VHS de 1991: “Vampire Trailer Park”, una película floridana que narra las peripecias de un vampiro bulímico. “¡Esta película se ve mal y suena mal!”, bromeaba el titiritero Nathan Matthews, dándole voz a su hilarante compañero de felpa, el tío Skrunkle. Según cuenta Nauta, la dinámica toma muchísima inspiración del mítico programa de televisión Mystery Science Theater 3000.

El evento sumó una sorpresa enorme cuando aparecieron entre el público Cathy y Patrick Moran, los creadores de la cinta. Los Moran, que ahora viven en Charlotte, se tomaron todo con muchísimo humor. Cathy, quien actuó de psíquica en la película, comentó lo divertido que era volver a verla después de tantos años, mientras que Patrick, productor y guionista, sacaba chapa por la originalidad de su obra. Según ellos, aunque no saben si fueron los primeros en filmar sobre un vampiro con trastornos alimenticios, están seguros de que nadie más volvió a tocar el tema desde entonces.

El refugio humano detrás del humor negro

A medida que el arte generado por inteligencia artificial y los formatos digitales ganan terreno, propuestas analógicas como las de VisArt cobran un valor inmenso. Todos los títeres del show están hechos a mano por Nauta, algo que el público valora muchísimo.

Casi todos los artistas detrás de los muñecos vienen del palo del stand-up, y encuentran en estas noches un espacio fundamental para socializar. Meara Phelps, quien maneja a un títere llamado Lawrence, confesó que al ser una persona un poco introvertida, este evento le sirvió como puente para conectar con sus vecinos a través del arte. Para Grace Trotta, otra de las titiriteras, el atractivo principal está en la interactividad y en lo ecléctico del ambiente.

Más allá de los chistes sobre actuaciones malas o efectos especiales de bajo presupuesto, la “Ghouls Night” funciona como un bálsamo. Matthews, que de día trabaja como profesor de música en una primaria, resumió a la perfección la esencia de la movida. Según él, ver estas películas horribles permite que la gente reflexione sobre los terrores cotidianos de sus propias vidas y logre reírse de ellos en grupo. Compartir una carcajada mientras a un personaje de ficción le pasa algo terrible en la pantalla termina siendo, paradójicamente, una forma de hacer que nuestro mundo real sea un lugar un poco más amable.