Entre el diván y las marquesinas: la cartelera neoyorquina no te da respiro

Teatro

Una foto vieja, en blanco y negro: pibas de los 60 con cara de cansancio, apretujadas, apoyándose las unas en las otras mientras una enfermera de punta en blanco las vigila de cerca. Esa es la imagen cruda de Girl, Interrupted en el Public Theater de Manhattan, una puesta que cuenta en su elenco con Juliana Canfield y la estrella pop King Princess. Pero la historia viene de hace rato. Cuando Susanna Kaysen publicó en el 93 su libro sobre los casi dos años que pasó internada en el psiquiátrico de McLean, la crítica la aplaudió de pie. Susan Cheever, en el New York Times, tildó a esta obra irónica y concisa de “memoria asombrosa y conmovedora” y de ser, raramente, una historia “triunfalmente graciosa”.

Pasaron más de tres décadas y ese libro sigue teniendo una chapa que eclipsa a casi toda su camada. Y mirá que los 90 estuvieron plagados de mujeres que se animaron a poner en papel sus mambos de salud mental: ahí tenés a Kate Millett con The Loony-Bin Trip, Elizabeth Wurtzel y su icónico Prozac Nation, o Kay Redfield Jamison. Todos textos de primera, pero el de Kaysen es el que las nuevas generaciones siguen redescubriendo sin parar. Claro, la peli del 99 con Winona Ryder y Angelina Jolie, que hoy sobrevive infinita en un mar de memes, le dio un empujón bárbaro.

El texto original (que por cierto en mi librería de barrio te lo mandan a la sección de Psicología en vez de Memorias y ya acumula una guasada de 14.000 reseñas en Goodreads) no pierde vigencia. Hace poco salió un audiolibro narrado por la misma Kaysen, y ahora nos cae esta adaptación teatral de Martyna Majok que tardó un montón en cocinarse, con música de Aimee Mann. Mientras la obra calienta motores para su estreno este 4 de junio, vale la pena repasar cómo arrancó este fenómeno.

Todo empezó con el cuerpo, y después vinieron las palabras. Año 67, un intento de suicidio a base de aspirinas y un fondo blanco de vodka. Una sola charla con un médico y a Kaysen, con apenas 18 añitos, la metieron en un taxi rumbo a McLean, la misma institución grosa de Massachusetts por donde pasó Sylvia Plath y que inspiró partes de The Bell Jar.

Recién en el 69 le dieron el alta. Sin embargo, Kaysen no quiso escribir sobre el tema hasta muchísimo después. Tuvo que meter abogados para conseguir su historia clínica, aunque se cuidó de no leer ni un renglón hasta haber terminado el manuscrito. A sus 77 años, te cuenta que leer esos expedientes fue revelador. Algunas memorias las tenía medio nebulosas y los papeles le refrescaron la cabeza, pero también le sirvió para ver cómo la percibían los demás. “No eran exactamente mis amigos, eran los que me cuidaban”, dice riéndose. Fue, en sus propias palabras, una experiencia iluminadora.

El libro la pegó al instante, por más que su forma tan directa de hablar sobre la sexualidad y el uso de malas palabras le haya hecho ruido a más de uno. En New Rochelle los profesores hasta le arrancaban páginas a los ejemplares de sus alumnos. Hoy por hoy, Kaysen sigue sin entender muy bien por qué su historia fascina tanto. Dice que no es falsa modestia, que posta no lo caza. Su teoría es que dejó suficientes huecos en la narración como para que la gente los llene proyectándose a sí misma.

Y tiene sentido. Su pluma es afilada, sin vueltas ni adornos. Te tira la información justa sobre las residentes y enfermeras, sin ahondar en de dónde venían o qué les pasó después. La narradora te suelta los datos a cuentagotas para mantenerte enganchado, construyendo un ecosistema tan vivo que es imposible no proyectar ahí tus propias ansiedades o esa sensación constante de ser sapo de otro pozo.

Pero el teatro neoyorquino actual es un animal de dos cabezas. Mientras el Off-Broadway te invita a meterte de lleno en el barro de la psique humana, a unas cuadras nomás, sobre la calle 41 en pleno Midtown, la movida es un festival de amor por la comedia musical más pura y dura. El periodista Frank DiLella anduvo recorriendo la zona y la cartelera te tira un contraste que marea.

Ahí tenés a Schmigadoon!, la serie sobre esa pareja atrapada en un musical de época, que ahora pegó el salto a las tablas del Nederlander Theatre. La puesta ya arrasó con 12 nominaciones a los Tony. Hace poco, DiLella charló con Sara Chase y Ana Gasteyer, y las dos actrices todavía estaban tratando de asimilar la locura de haber sido nominadas juntas este año.

Si eso te parece poco, resulta que los vampiros ochentosos de The Lost Boys (sí, la peli del 87) terminaron clavando los colmillos en Broadway. Otra producción que metió 12 nominaciones, dándole un buen espaldarazo a la actriz Shoshana Bean y a su director, Michael Arden. Es el escapismo llevado a su máxima expresión escénica.

Y en el medio de todo este circo de marquesinas y alfombras rojas, asoma algo más de raíz. La Fundación Garden of Dreams de Madison Square Garden lleva décadas cambiándole la cara a miles de pibes y familias que la vienen remando en dulce de leche frente a situaciones dificilísimas. Todos los años arman un show de talentos en el Radio City Music Hall que junta a más de cien futuras promesas. Este año, la que se va a comer el escenario es Alonna Beard, una piba que sueña con llegar a Broadway y que ya estuvo hablando de lo que significa para ella esta oportunidad de oro.