Martes, 08 Enero 2019 02:11

Hace 100 años, la “Semana Trágica”

Enero 2019: el “pogrom” que ensangrentó a Buenos Airess, por Santiago Senén González y Fabián Bosoer



El conflicto de los obreros de la Compañía Argentina de Hierros y Aceros Pedro Vasena e Hijos se inició el 2 de diciembre de 1918. Y culminó con los hechos de enero de 1919, hace un siglo.  Los trabajadores estaban en huelga cuando los ocupantes de doce chatas que se dirigían a la fábrica se  tirotearon con la policía.  Esos vehículos eran conducidos por rompehuelgas o ‘crumiros’. Hubo heridos entre las fuerzas policiales, que se repitieron días después y el martes 7 se agravó la situación. Las víctimas fatales entre los trabajadores se contaron por cientos.    

Los sucesos de enero de 1919 tuvieron varias interpretaciones. El movimiento obrero estaba dividido en dos sectores principales: la FORA “del IX° Congreso” (predominantemente sindicalistas y socialistas y partidarios de negociar con las autoridades hasta conseguir los objetivos buscados) y la FORA “del V° Congreso”, con menor número de adherentes y más intransigente, desde una postura anarquista. A su vez, socialistas  y anarquistas estaban divididos en diversas tendencias. Existían también sindicatos autónomos. Los obreros “federados” eran minoría en el conjunto de la clase trabajadora.

La FORA del IX Congreso analizó la posición a adoptar en el conflicto en la empresa metalúrgica antes de ponerse al frente de la huelga general cuya repercusión se concentró en la ciudad de Buenos Aires. Los hechos más destacados tuvieron lugar el día 9: fue el momento en que una multitud asistió al sepelio de las víctimas del día 7 de enero cuando la policía asistida por los “crumiros”  -la mayoría reclutados por la Asociación del Trabajo- repelió a tiros a los manifestante, con la consecuencia  de  muertos y heridos. Con el correr de las horas aumentaron los episodios de violencia, la represión y las víctimas.

La dirigencia de la FORA “del IXº Congreso”, que fue acusada por los del Vº Congreso de lanzarse a la protesta sin declarar ningún paro, tenía como gran objetivo, además de la huelga, el pedido de libertad de Simón Radowitzky, autor del atentado y muerte del coronel Ramón Falcón,  jefe de la Policía de la Capital, diez años antes. Con tal propósito, la entidad gremial más proclive al diálogo había iniciado  negociaciones con el Gobierno, mientras se producían nuevos choques entre la protesta obrera y las fuerzas policiales.

Un sepelio bajo fuego

La huelga general fue la respuesta a la represión feroz que se produjo durante la ceremonia de entierro de las víctimas que habían caído dos días antes.   La crónica del diario  La Vanguardia del 10 de enero del '19 consigna que cuando el cortejo fúnebre se puso en marcha, los cadáveres eran transportados al hombro por los trabajadores. El cortejo, que era imponente por la gran cantidad de asistentes, desfiló hacia San Juan y Boedo, “... cuando al llegar frente a una iglesia existente en la esquina de Yatay, un individuo que se supone sea un provocador, confundido entre los manifestantes, hizo cinco disparos de revólver al aire, lo que fue como una señal para que un piquete de bomberos que custodiaba el edificio de la iglesia hiciera fuego sobre la gente repetidas veces, el que fue contestado por disparos aislados, disgregándose de hecho casi todos los concurrentes al sepelio”.

Las balas de la tropa de bomberos causaron varios heridos, entre ellos algunos graves. Desecha la columna, parte de los manifestantes siguieron por las calles paralelas a Corrientes y Triunvirato, logrando formarse una pequeña columna de unas 300 personas que siguió detrás de los féretros. Al llegar frente a la explanada en la entrada principal del Cementerio de la Chacarita, ésta estaba ocupada por un regimiento de infantería y numerosos agentes de policía, a pie y a caballo. El cortejo así disminuido entró en la acrópolis. Al poco rato, sin que nada diera motivo para ello, se oye un tiroteo general. La tropa de línea penetró en el cementerio y empezó a disparar a mansalva, contra los pocos concurrentes que habían conseguido acompañar a los cadáveres, los cuales se guarecían como les era posible detrás de los panteones y hasta dentro de las tumbas, huyendo de una muerte segura. Eran las 6:30 p.m. El tiroteo fue tan terrible, que es seguro que hubo dentro de la Chacarita numerosas víctimas.

El “pogrom” en el Barrio de Once

Mientras en otros barrios de la Ciudad se producían estos sucesos de protesta, violencia y represión, el barrio de Once, habitado mayoritariamente por inmigrantes e hijos de inmigrantes judíos, era blanco de ataques organizados que no tenían precedentes en nuestro país. Se trataba de un verdadero “pogrom”, una masacre que se perpetraba ante la pasividad o complicidad policial.

El diario comunitario Di Presse, que se publicaba en idisch, describe los acontecimientos del día 10 de enero, como “el día de los asaltos y la noche de las hogueras”: “En ese día fueron asaltados los locales de las organizaciones Avangard, de Ecuador 359, y del Poalei Zion, Ecuador 645. En éste último se hallaba también la biblioteca Moisés Hess, que fuera creada por iniciativa de la juventud del Poaléi. Allí también se encontraban los centros de los obreros panaderos y de los obreros peleteros judíos”. En la avenida Pueyrredón fue atacada la Asociación Israelita de Actores. Todo lo que había en los mencionados locales fue arrojado a la calle y quemado. En la oscuridad de la noche ardían los muebles, la biblioteca y los archivos. El cuadro era observado pasivamente por la Policía montada, en perfecta formación.

La historiadora Beatriz Seibel transcribe una recorrida de periodistas del diario israelita una semana después de los acontecimientos. Dice “el espectáculo, en verdad demoledor, evocaba las trágicas visiones de las casas de los pueblos a través de los cuales pasó la guerra, muros agujereados por las balas, puertas destrozadas, papeles a medio quemar, mujeres pálidas y despavoridas con niños llorosos”. “El primer local que visitamos, Ecuador 645, sede de la biblioteca Poalei Sión, la encargada nos dijo que quemaron estanterías rápidamente, policía acompañada de al parecer de organizaciones civiles (Liga Patriótica y Asociación del Trabajo), rompían espejos y cristales de los muebles (una copia criolla de “La Noche de los Cristales Rotos” en Alemania)”.


Estos hechos motivaron que el gobierno  nombrara un nuevo jefe de policía, Elpidio González, y al general Luis Dellepiane al frente del comando militar de la Ciudad, con injerencia en la situación.Yrigoyen, preocupado por el curso de los acontecimientos, después de negarse a recibir al representante de la Asociación Nacional del Trabajo - quien concurrió a una audiencia acompañado por el embajador británico- , ordenó la libertad de los detenidos por los trágicos sucesos.

Al tornarse un problema de Estado, la situación determinó que el titular de la empresa acudiera a una reunión con el Gobierno en la que  se aceptarían los reclamos sindicales.
Alrededor de las 4 PM, se hallaban reunidos en el despacho del ministro del Interior los delegados de los obreros (encabezados por Sebastián Marotta, titular de la FORA del IX° Congreso, y los miembros del directorio de la empresa Vasena. Fue así que el asesor letrado de la sociedad, senador Melo, leyó el pliego de condiciones, y vista su aprobación por parte de los representantes de Vasena, invitóse a ambas partes a suscribir una copia del pliego. Fue así que el 11 de enero, el industrial Alfredo Vasena accede a los reclamos obreros y se firma un acuerdo con la FORA del IX Congreso, en base a las  condiciones presentado por los  trabajadores.

Vasena dijo ante los periodistas que seguía todos los puntos de reclamaciones obreras ante los deseos del presidente Hipólito Yrigoyen y “en homenaje a la tranquilidad social”. Cuatro días después, la actividad de la fábrica se normaliza. Nunca se había vivido en el país tan inusitada violencia represiva contra trabajadores en huelga. Por primera vez, la población judía sufría en la Argentina un ataque directo, una matanza, como las que se habían perpetrado en Europa. El saldo era de varios centenares de muertos, incluyendo a mujeres y niños de familias obreras. Los detenidos se contaban por miles.




Liga Patriótica

En 1919, los fantasmas de la revolución social, con la Revolución Rusa triunfante en la URSS, alentaron a la fundación de la Liga Patriótica Argentina, organizada en el Círculo Naval y liderada por Manuel Carlés. Participaron políticos conservadores y  algunos radicales, opuestos a Hipólito Yrigoyen, y contó con el apoyo de la Policía. Sus grupos de civiles armados actuaban principalmente contra los huelguistas y los partidos de izquierda. Su bandera principal era la defensa del orden y la propiedad, la reivindicación de “la nacionalidad, amenazada por la “infiltración extranjera”, y la crítica a la “permisividad inconsciente” de los demócratas. Además de Carlés contó con figuras como Florencio Parravicini en la vicepresidencia (artista de teatro, cofundador de la Asociación Argentina de aviones, deportista, aviador y presidente del Aero Club Argentino, yatchman y tirador profesional), Eduardo Munilla también como vicepresidente (militar que había participado en la represión de la revolución radical de 1905) y Manuel Domecq García (director de la Escuela Naval en 1898 y observador argentino durante la guerra ruso-japonesa de 1904-1905, ministro de Marina en 1922).


Asociación del Trabajo
En un momento de dificultades sociales, la huelga que estalló durante el primer periodo presidencial de Yrigoyen, afectó las operaciones portuarias. Joaquín de Anchorena, presidente de la Sociedad Rural Argentina y próspero estanciero, fundó en 1918 la Asociación del Trabajo, con el concepto de conciliación y de lucha. Sus hombres fueron rompehuelgas “y matones” en momentos de conflictos. Lo acompañaba  Pedro Christophersen, dueño de una importante agencia marítima, la Allison Bell, quien había sido también el fundador del Centro de Navegación, que agrupaba a los patrones del sector. En ese sentido, la Asociación Nacional del Trabajo, que rápidamente pasó a denominarse Asociación del Trabajo, dado el gran peso que tenían en ella las empresas extranjeras, se dio una organización que buscó el compromiso de los empresarios. El objetivo era no ceder a ningún reclamo obrero ni reconocer a ningún sindicato. Por ello, abrieron sedes en el interior del país, a la vez que redactaron un boletín para mantener informados a todos los miembros, y un periódico con llegada a los trabajadores. El gobierno de Hipólito Yrigoyen generó rechazo, enojo y temor a los empresarios que veían en el caudillo radical a un importante aliado de las organizaciones obreras y cuestionaron su “demagogia populista”. Es cierto que Yrigoyen había entablado una importante amistad con la Federación Obrera Marítima (FOM), un gremio clave que unido a otros tenía la capacidad de detener el transporte y la producción de granos, actividades fundamentales.

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Santiago Senén González y Fabián Bosoer son periodistas e historiadores. Autores de “La lucha continúa. 200 años de historia sindical en la Argentina” (Vergara-2012)